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28/08/2017

Repensar los costos laborales

Los impuestos al trabajo dejaron de ser los costos laborales. La reforma tributaria podría modelar un nuevo esquema para las empresas con el objetivo de mantener la recaudación aunque generándola de otra manera: repensando los costos laborales.

Alberdi en 1854 decía lo siguiente: `contad todos los medios de ganar y de vivir que se conocen en nuestra sociedad, y no dejéis uno sin impuesto. Que la contribución pese sobre todos igualmente, y sobre cada uno según sus fuerzas: he ahí la igualdad proporcional`. A 163 años continúa vigente el mismo debate sobre la estructura tributaria aunque con una novedad: los impuestos al trabajo presentan un escenario desconocido para los patrones históricos.

Llegó la cuarta revolución industrial. Con ella la promesa de sustitución total de la mano de obra humana por nuevas tecnologías y una reconsideración profunda de la idea de trabajo. Ahora los países pueden crecer sin registrar evoluciones en sus tasas de empleo. Según Camdessus, `el trabajo en el siglo XXI es el siglo de la mitad, por dos y por tres: la mitad del personal, con el doble de sueldo, exigido a triplicar la producción`. Ante este escenario global insólito, el dilema local pareciera ser cómo bajar la presión tributaria sin perder recaudación para sostener el gasto público.

Lejos de esto, los impuestos al trabajo no detienen su tendencia histórica creciente: en 1904 eran el 11%, en 2017 representan el 48%. El costo laboral argentino en 2016 duplicó al de Brasil, fue un 160% más alto que en México y un 15% superior al de Uruguay. Argentina resulta poco competitiva en el plano externo por estos impuestos, con una informalidad laboral cercana al 40% y sin olvidar que Brasil acaba de impulsar una profunda reforma laboral.

Sin embargo estos análisis resultan incompletos en la actualidad. El costo laboral para las empresas es mucho más que las cargas sociales, toda vez que cualquier inversión en beneficios y formación también forman parte de ese costo. Importa recaudar más en base a nuevas productividades y márgenes, no en base a mayores restricciones. Hay que aumentar la productividad invirtiendo en la gente, apostando a su recalificación en una nueva industrialización.

Las Pymes deben tener un régimen de costo laboral flexible y una baja en la alícuota del 35% sobre la ganancia corporativa con un doble compromiso: aumentar la dotación e invertir en formación. De esta manera, el costo laboral tendrá una incidencia progresivamente menor en los resultados y la estructura tributaria un aumento en sus sujetos imponibles. El déficit no es el fiscal sino el de la generación de empleos al tener un nivel de estancamiento en la población económicamente activa cercano al 60% en los últimos 35 años, cuando países como Dinamarca están en un 75% o Suiza en un 79%.

Vale reconfigurar el dilema, el tema no es perder recaudación sino generarla de otra manera. Las empresas necesitan un esquema tributario acorde a los nuevos tiempos y las necesidades de los negocios. Así es como el costo laboral se reconsidera: ya no son las cargas sociales, sino todo esfuerzo de la empresa por atraer, retener y desarrollar a un recurso humano que necesita reconvertirse para estar a la altura de los nuevos tiempos.

Alberdi tenía razón: para trabajar hay que pagar impuestos. Sólo que en 1854 no existía el e-learning y en 1904 la gente no exigía work-life balance. La reforma tributaria debería considerar este momento de quiebre en la historia del trabajo al momento de reconfigurar sus impuestos asociados, ya que el costo laboral no es lo que era.

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