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02/08/2017

¿Llegó el fin del work-life balance?

Responder mails desde el teléfono a cualquier hora, dispersarse con las redes sociales en la oficina… Situaciones cotidianas que se vuelven más frecuentes. La tecnología llegó para quedarse y, frente a su avance, se evidencia la imperiosa necesidad de replantearse el modo en que se trabaja en la actualidad. “Debemos pensar dónde ubicar los desarrollos científicos dentro del conjunto de prioridades, es decir, si los entendemos como un hecho en sí mismo o una herramienta utilitaria”, dice Cecilia Pedro, profesora de Administración de Recursos Humanos en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y socia en Audentis Consultores. Así, Pedro se refiere a la situación como “un cambio brutal que estamos tratando de entender”: Y explica: “Es el fin de un paradigma, cuyo principal efecto es la ruptura de la estructura clásica. El trabajo tradicional, como lo concebimos antiguamente, entra en crisis y se definen nuevos parámetros”. Pero, para ella, no solo se trata de distinguir entre lo familiar y laboral, sino también entre lo público y privado: “El lenguaje en los medios sociales, la forma de vincularse entre los compañeros de trabajo y la misma familia, se modificó”.

En consecuencia, hallar el equilibrio adecuado se convierte en un reto que afrontan todos los trabajadores. Ante este panorama, los expertos consideran que deben generarse nuevos pactos sobre las expectativas y los tiempos en relación con lo que se espera de un individuo. “Hay que acordar nuevas reglas de juego, para que las empresas sigan operando y las personas continúen desarrollándose en los distintos planos de la vida”, afirma Pedro, a lo que Patricio Fay, director del Área de Comportamiento Humano del IAE, añade: “Los jefes deben tener en claro los objetivos para trasladárselos a los subordinados”.

Según los especialistas, la respuesta a este interrogante se encuentra, entonces, en los límites que cada uno establezca. “Ya no existe uno externo, junto a un espacio y horario de trabajo preestablecido. Hoy, todo es difuso. Debemos hacer el ejercicio de marcar el propio límite”, explica la socia de Audentis Consultores. “Así como el cuerpo tiene un ciclo anabólico y otro metabólico para funcionar correctamente, la psique exige renovar su energía para rendir al día siguiente. No podemos pretender que llegue desde afuera; el desafío es crear un orden interno, que demanda un entrenamiento”, señala Sergio Bandurek, senior consultant de Capital Humano en Auren. Pablo Nachtigall, psicólogo clínico, consultor de coaching y liderazgo para empresas, y autor del libro ‘El equilibrio perfecto: entre tu vida personal y profesional’, coincide con sus colegas: “Requiere disciplina y una firme decisión al respecto. El problema es cuando se hace del trabajo un chicle que no tiene principio ni fin”.

Y, en este sentido, la personalidad influye de manera directa: hay quienes pueden hacerlo con más fluidez y otros que no lo logran fácilmente. “Depende de cómo es la persona. Repercute de manera positiva en los que poseen mayor autocontrol o habilidad de organización. A los dispersos y con baja concentración, puede perjudicarlos”, sostiene el representante del IAE. “Hay gente que equilibra mental y emocionalmente su vida, y otra que no puede sostenerlo”, comenta Bandurek.

Por eso, la recomendación pasa por saber qué y cuánto es lo que hay que hacer. “Siempre que uno conoce su tarea, es más sencillo. Cuando, en cambio, la situación está en la nebulosa, es más confuso”, advierte Fay, quien recomienda planificar las horas que se van a destinar a cada actividad: “Es una práctica que puede servir como hábito de autocontrol. Por ejemplo, no estar pendiente de los mails todo el tiempo, sino dedicar una cantidad de tiempo específica para ello. Seguramente, ayudará a bajar los niveles de ansiedad”. Manejar los pendientes en una agenda y apagar el teléfono de a ratos son otras de sus sugerencias.

Por su parte, a este interrogante de cómo delimitar los tiempos del trabajo y los asuntos personales, sobre todo, cuando entra en juego una rutina atareada con dificultades varias, Andrés Hatum, profesor en Management & Organización de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), opina: “Es complejo, ya que depende de la capacidad de cada uno para asignarle a cada momento su espacio y desconectarse. ¡Hay firmas en los Estados Unidos que premian a quienes no se conectan fuera del horario laboral! Pero si tenés un jefe hiperconectado, ¿qué haces? ¿Tirás el celular al inodoro? Esto va a redundar en políticas que cuiden la salud. Pero estamos lejos”. En tanto, Nachtigall afirma: “Las preguntas que precisamos hacernos constantemente son ¿cómo me siento con respecto al trabajo, el amor y la familia? ¿Estoy a gusto o experimento insatisfacción? ¿Qué puedo hacer al respecto?”.

Los entrevistados concluyen que ya no se habla de balance, sino de integración. “Lo asemejo a un Gran Hermano corporativo: la empresa está en todos lados y a toda hora. La idea es focalizar en el trabajo, sin preocuparse por el resto. Ofrece un ‘combo’: todo en el mismo sitio. La diferenciación comenzó a dejar de existir. Ahora todo es lo mismo. Las nuevas generaciones quieren integrar la vida laboral y personal, no balancearlas”, expresa en forma contundente Hatum. “La innovación une a estas dos variables. La separación taxativa es lo que entra en crisis”, asevera Pedro.

Cómo repercute en la salud

“Al despertarte, ves el celular. Te levantás y te das cuenta de que te quedaste a dormir en la oficina. Pero no te preocupes, ahora tiene habitaciones cómodas para que no vuelvas a tu casa. El resultado es insomnio y ataques de pánico”, pinta un escenario crítico Hatum. El estrés es la segunda causa de baja laboral en la Unión Europea (UE), que afecta anualmente a 40 millones de trabajadores y supone para sus países miembros un costo de 20.000 millones de euros en gastos sanitarios, sin contar la pérdida de productividad. Los psiquiatras lo llaman “la espiral ansiedad-estrés-depresión” y la tecnología acelera su desenlace. “Conectarnos las 24 horas nos vuelve tensos y con alto grado de adicción”, ahonda Nachtigall. “Los problemas de ausentismo y depresión se incrementarán si esta inevitable unificación de trabajo y vida privada avanza. El impacto será una baja en el rendimiento y el clima laboral”, añade Bandurek.

Por ende, las organizaciones empezaron a ponerse en marcha para contrarrestar la ansiedad. “El principal problema es desarrollar programas acordes a cada target. No es lo mismo ofrecérselo a un ejecutivo que a un operario de planta”, explica el consultor de Auren en relación a estos instrumentos que ganan popularidad. “Por ejemplo, se puede realizar una encuesta para conocer las actividades que son deseables y, luego, instituir pequeñas acciones, como casual days, asados de equipo o sesiones de yoga. ¿Qué alternativas se pueden aplicar que incidan positivamente en la empresa?”, cuenta Nachtigall.

El teletrabajo, en el centro del debate

En 2013, cuando Marissa Mayer –ingeniera informática y exejecutiva de Google– se convirtió en CEO de Yahoo!, puso fin al formato de trabajo a distancia y obligó a los empleados a retornar a las oficinas de la firma tecnológica. La decisión ocasionó rechazo y polémica en el sector, que poco a poco comenzaba a mirar con buenos ojos al teletrabajo. Pero lo que se desprende de esta anécdota es, en realidad, una discusión más profunda, que escapa al hecho en cuestión: se trata de reflexionar hasta qué punto se obtiene una mayor productividad.

Con el fin de contribuir a alcanzar el work-life balance –entre otros objetivos–, el homeoffice se afianzó en la Argentina en el último tiempo. El estudio International Business Report de la consultora Grant Thornton revela que el 16 por ciento de las compañías locales ofrece este mecanismo y que, pese a ser pocas las que se sumaron a la tendencia, el fenómeno está en alza: cinco años atrás, apenas el 2 por ciento de las empresas lo había incorporado.

Sin embargo, aun los que destacan que la modalidad posee ventajas argumentan que “es un tema que debe revisarse”. ¿El motivo? Así como se “ganan” ciertos aspectos (como la flexibilidad, la comodidad y el ahorro de desplazamientos), se “pierden” otros: la socialización del conocimiento, el talento colectivo, la creatividad conjunta, la comunicación informal, “el aquí y ahora”, y el cara a cara. “Una tarea hecha a la distancia no recibe la pluralidad de miradas. Si no estás en el lugar, te quedás fuera de la participación y la conversación espontánea. Incluso, hay estudios que informan que uno deja de preocuparse por su estética, ya que puede estar tranquilo en jogging en su casa, sin estar pendiente de la apariencia”, asegura Pedro. “Está comprobado que suele trabajarse más bajo esta mecánica. Las cosas de la vida familiar y los ruidos pueden atentar contra la calidad de trabajo. Nos enfrentamos, nuevamente, al papel que desempeñan los rasgos personales: a algunos, no les es complicado ‘cortar’, mientras que otros presentan más dificultades para hacerse ratos de ocio”, concluye Fay.

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